En principio, el giro del director no debería sorprender pues son más que evidentes las semejanzas que existen entre el universo de la literatura gauchesca y los tópicos del que constituyen al “western” como género literario, y también cinematográfico.
Ambos se nutren de relatos de frontera, de pioneros y de hombres olvidados por la ley y la civilización que deben sobrevivir en ambientes naturales hostiles y asediados por la amenaza permanente de los pobladores ancestrales de las tierras conquistadas.
Sin embargo, y a pesar de las similitudes señaladas, los films que llevaron el tema gaucho a la pantalla no abrevaron en la estética, los códigos o la iconografía del western, “el” género cinematográfico por excelencia. Es más, podría decirse que, a diferencia de lo que ocurrió en los Estados Unidos con las películas del oeste, no existe en nuestras tierras, más allá de aislados intentos (“La guerra gaucha” o “Juan Moreira”, para citar algunos ejemplos), un cuerpo de películas que nos permitan teorizar acerca de un “género gauchesco”.
De todo eso parece hacerse cargo Spiner, y en Aballay asume el desafío de reelaborar la historia de venganza y redención de Di Benedetto a partir de elementos estilísticos y de registro propios de western. Los largos planos de terrenos abiertos y espacios naturales, la estilizada e inusitada violencia que rodea a la acción así como el polvo, la suciedad y la amoralidad que impregnan el andar y obrar de los gauchos muestran claramente la intención del director de dialogar con la historia misma del género norteamericano y con cada una de las etapas que éste atravesó (desde su período clásica al spaghetti western, sin olvidar la etapa crepuscular).
Pero a no confundir, no es Aballay un mero homenaje, un pastiche o un simple ejercicio de erudición cinéfila. Por el contrario, pese a los guiños reconocibles para los cultores del western, se trata de una película de gauchos que, sin costumbrismos o estereotipos, se hace cargo de usos y realidades de una época y que, al mismo tiempo, repara en rasgos de la tradición popular. Esto último se puede advertir claramente en el logrado tratamiento que se da a la santificación que los lugareños hacen de “el Pobre”, más allá de algún subrayado que surge de la voz de Juana (Moro Anghileri), la única mujer que tiene un lugar en un universo masculino.
En este contexto, y a partir de un producto muy cuidado en sus aspectos técnicos, se intenta dotar de cierta épica a la historia de un hombre que renuncia a la violencia del medio en el que vive, pero que no podrá librarse definitivamente del destino cuando su pasado regresa a saldar cuentas pendientes.
En el debe sólo queda la elección de los intérpretes. Nazareno Casero no resulta convincente en el rol del hijo vengador, y las sobreactuaciones de Goity, Rissi y Ziembrowsky parecen confabular contra un relato que pretende jugar con el verosímil.
Más allá de este desliz, es de celebrar este digno y serio intento de acercarse, desde un ángulo hasta ahora inexplorado, a una temática que el cine nacional parecía haber olvidado.
*Sergio Nápoli conduce, junto a Fernando Juan Lima, el progrma radial "Derecho al cine" que va todos los miércoles de 21:00 a 22:00 por "radio gama" AM 1400. También se puede escuchar por internet, en www.gama1400.com


Aballay es un gaucho errante que carga en su conciencia con una muerte. Ese peso se le hace insoportable y, luego de escuchar un encendido sermón de un cura, decide seguir el ejemplo de los antiguos anacoretas e imponerse una penitencia; nunca más bajara de su caballo ni tocará el suelo. 

